24/2/09
Neptune
Desde aquel día, Elistan se convirtió en mi maestro, o, mejor dicho, en mi Shalafi.
Me enseñó a hablar en elfico, silvano, gnoll, común, infracomún, mediano y me enseñó a leer en casi todas las lenguas del lugar que tenían escritura y me habló de todas las razas que existían en Arda. Al poco tiempo aprendí la geografía del lugar mientras yo le hablaba de los teléfonos móviles, los aviones, las guerras, los idiomas que conocía (sobre todo el griego y el latín) y los ordenadores. Muchos de los conceptos fueron difíciles de explicar, pero creo que fui una buena conversadora.
Aunque mi shalafi era encantador y bueno conmigo, se me hacía duro no hablar con más personas, y cuando tuve los mínimos conocimientos sobre el idioma, traté de comunicarme con las elfas más jóvenes, que resultaban doblarme la edad.
Aun así se mostraron amables conmigo y, al verme tan… imperfecta me aconsejaron sobre distintas hierbas y remedios que mejorarían la salud de mi piel. Les hice caso y a los pocos días las marcas de granitos, las imperfecciones y la sequedad desaparecieron para dejar paso a una piel luminosa y… perfecta. Casi morí al verme por el espejo la mañana que habían desaparecido.
Al poco tiempo me dieron consejos para mi cabello, y las puntas castigadas y teñidas desaparecieron para dejar paso a una hermosa melena que crecía casi cuatro centímetros cada vez que lunitari (la luna roja) aparecía en el firmamento.
Me hice especial amiga de una de ellas, llamada Alassë, que me cuidaba como si fuera su hermana pequeña. Me enseñó a tocar dos instrumentos semejantes a la lira y el arpa, el laúd y algo parecido a una flauta travesera en mis ratos libres, y su hermano Huor trató de instruirme en el manejo con las espadas cortas, pero se frustró en seguida, pues trataba de enseñarme la más refinada esgrima élfica, pero una vez en la pelea, se me iba la cabeza y le atacaba como si me fuera la vida en ello. Lo dejamos porque Huor llegó a la conclusión de que sólo serviría para luchar en una batalla. Eran muy buenos conmigo, porque en los descansos me enseñaban muchas canciones en muchas lenguas que habían aprendido, pues sus padres habían viajado mucho y les habían enseñado. La tonalidad de mi voz mejoró al cantar, pues antes parecía la de una urraca siendo estrangulada (lo que más solía decir la gente era "¡Que acaben ya con ese pobre gato, que está sufriendo!") y en aquellos momentos se tornó más armónica, como una urraca sin estrangular, nunca llegué a cantar bien del todo.
Para sentirme útil en aquella comunidad, una vez aprendido el idioma completamente me encargué del cuidado de los más pequeños entreteniéndolos con las historias que había leído en mi mundo, y quedaban tan entusiasmados que siempre pedían más, así que poco a poco fui inventándome las mías propias, poniendo a mis espectadores como protagonistas.
Al poco tiempo todos se acostumbraron a mi presencia y comenzaron a llamarme “Nessa”, que en élfico significaba lo mismo que mi nombre en francés “lugar de flores” o algo por el estilo.
Cada noche, después de rezar a Anghárradh, una divinidad élfica que simbolizaba el nacimiento, la vida tranquila, la buena siembra y la primavera (por lo visto eran tres diosas en una, pero en la mitología todavía andaba un poco pez, eran tantos los dioses y tantas las cosas nuevas que aprender…), me marchaba a mi habitación y me ponía mi hermoso camisón –pues me habían confeccionado un armario de vestidos elegantes y hermosos también- y, al tumbarme sola en aquella cama, pensaba en el paradero de mis amigos, a los cuales no habían conseguido localizar.
Les recordaba con añoranza, sobre todo a Carlos. Cada noche rezaba a Anghárradh entre lágrimas para volver a encontrarle, pues aunque era muy feliz por vivir en aquel mundo que hasta había conseguido quitarme los problemas de ansiedad (gracias a clérigos elfos) y de salud en general, no tenía sentido si no compartía aquella experiencia con él. Y le echaba tanto de menos… sus risotadas, su cabello largo, sus ojos, sus manos y caricias, todo él en conjunto…
Todas las noches me dormía entre lágrimas, y todas las mañanas preguntaba si habían descubierto su paradero.
Y así, casi imperceptiblemente, pasaron tres años, en los cuales, gracias a la magia elfa que había en el ambiente, mi cuerpo no sufrió el más mínimo cambio del paso del tiempo, y las cremas de las elfas lo aletargaban aún más. Se podría decir que en aquellos momentos tenía más cara de niña que nunca.
La vida con los elfos era tranquila, y ya me había habituado a su rutina y a la tristeza interior de no ver a mis amigos, a los que tanto añoraba…
OUT// Ala, no aguantaba más, posteo ya. Isi, Tybalt y More, os toca postear lo que hacéis en esos tres años (Tybalt menos, que majete es).
Me enseñó a hablar en elfico, silvano, gnoll, común, infracomún, mediano y me enseñó a leer en casi todas las lenguas del lugar que tenían escritura y me habló de todas las razas que existían en Arda. Al poco tiempo aprendí la geografía del lugar mientras yo le hablaba de los teléfonos móviles, los aviones, las guerras, los idiomas que conocía (sobre todo el griego y el latín) y los ordenadores. Muchos de los conceptos fueron difíciles de explicar, pero creo que fui una buena conversadora.
Aunque mi shalafi era encantador y bueno conmigo, se me hacía duro no hablar con más personas, y cuando tuve los mínimos conocimientos sobre el idioma, traté de comunicarme con las elfas más jóvenes, que resultaban doblarme la edad.
Aun así se mostraron amables conmigo y, al verme tan… imperfecta me aconsejaron sobre distintas hierbas y remedios que mejorarían la salud de mi piel. Les hice caso y a los pocos días las marcas de granitos, las imperfecciones y la sequedad desaparecieron para dejar paso a una piel luminosa y… perfecta. Casi morí al verme por el espejo la mañana que habían desaparecido.
Al poco tiempo me dieron consejos para mi cabello, y las puntas castigadas y teñidas desaparecieron para dejar paso a una hermosa melena que crecía casi cuatro centímetros cada vez que lunitari (la luna roja) aparecía en el firmamento.
Me hice especial amiga de una de ellas, llamada Alassë, que me cuidaba como si fuera su hermana pequeña. Me enseñó a tocar dos instrumentos semejantes a la lira y el arpa, el laúd y algo parecido a una flauta travesera en mis ratos libres, y su hermano Huor trató de instruirme en el manejo con las espadas cortas, pero se frustró en seguida, pues trataba de enseñarme la más refinada esgrima élfica, pero una vez en la pelea, se me iba la cabeza y le atacaba como si me fuera la vida en ello. Lo dejamos porque Huor llegó a la conclusión de que sólo serviría para luchar en una batalla. Eran muy buenos conmigo, porque en los descansos me enseñaban muchas canciones en muchas lenguas que habían aprendido, pues sus padres habían viajado mucho y les habían enseñado. La tonalidad de mi voz mejoró al cantar, pues antes parecía la de una urraca siendo estrangulada (lo que más solía decir la gente era "¡Que acaben ya con ese pobre gato, que está sufriendo!") y en aquellos momentos se tornó más armónica, como una urraca sin estrangular, nunca llegué a cantar bien del todo.
Para sentirme útil en aquella comunidad, una vez aprendido el idioma completamente me encargué del cuidado de los más pequeños entreteniéndolos con las historias que había leído en mi mundo, y quedaban tan entusiasmados que siempre pedían más, así que poco a poco fui inventándome las mías propias, poniendo a mis espectadores como protagonistas.
Al poco tiempo todos se acostumbraron a mi presencia y comenzaron a llamarme “Nessa”, que en élfico significaba lo mismo que mi nombre en francés “lugar de flores” o algo por el estilo.
Cada noche, después de rezar a Anghárradh, una divinidad élfica que simbolizaba el nacimiento, la vida tranquila, la buena siembra y la primavera (por lo visto eran tres diosas en una, pero en la mitología todavía andaba un poco pez, eran tantos los dioses y tantas las cosas nuevas que aprender…), me marchaba a mi habitación y me ponía mi hermoso camisón –pues me habían confeccionado un armario de vestidos elegantes y hermosos también- y, al tumbarme sola en aquella cama, pensaba en el paradero de mis amigos, a los cuales no habían conseguido localizar.
Les recordaba con añoranza, sobre todo a Carlos. Cada noche rezaba a Anghárradh entre lágrimas para volver a encontrarle, pues aunque era muy feliz por vivir en aquel mundo que hasta había conseguido quitarme los problemas de ansiedad (gracias a clérigos elfos) y de salud en general, no tenía sentido si no compartía aquella experiencia con él. Y le echaba tanto de menos… sus risotadas, su cabello largo, sus ojos, sus manos y caricias, todo él en conjunto…
Todas las noches me dormía entre lágrimas, y todas las mañanas preguntaba si habían descubierto su paradero.
Y así, casi imperceptiblemente, pasaron tres años, en los cuales, gracias a la magia elfa que había en el ambiente, mi cuerpo no sufrió el más mínimo cambio del paso del tiempo, y las cremas de las elfas lo aletargaban aún más. Se podría decir que en aquellos momentos tenía más cara de niña que nunca.
La vida con los elfos era tranquila, y ya me había habituado a su rutina y a la tristeza interior de no ver a mis amigos, a los que tanto añoraba…
OUT// Ala, no aguantaba más, posteo ya. Isi, Tybalt y More, os toca postear lo que hacéis en esos tres años (Tybalt menos, que majete es).