18/2/09
Tybalt
Habían pasado dos días. La brecha de la cabeza se había cerrado y tenía una gran costra bajo la venda. Mis huesos no se habían soldado del todo, pero ya no me dolían nada, aunque mantenía las tablillas y la escayola. Era un anciano con recursos, muy sabio y misterioso. Aquella mañana me senté en la cama. Mis pies tocaban el frío suelo. El viejo había dejado su cayado cerca. Lo utilicé para poder ponerme de pie. Me noté mareado. Tambaleándome llegué hasta la salida de la cabaña.
Al abrir la puerta el sol me cegó.
Volvía a sentir el viento en mi cara. Oía los pajaros cantar y el arrollo darme la bienvenida. La hierba se postraba a mi paso. Las flores me hacían reverencias y los arbustos me abrían el paso. Los arboles sonreían y el sol me acariciaba la cara. Estaba en el lugar más tranquilo del mundo.
Pero sin Pilu.
¡Ouch! Su recuerdo fue como una hiriente puñalada. ¿Dónde estaría? ¿Y el resto? A ver... todos fuimos absorvidos. Aunque cada uno en una dirección no deberían estar muy lejos unos de otros. Pero había pasado bastante tiempo, seguro que habían seguido sus propios caminos. Debía ir a buscarles, pero todavía no estaba en condiciones.
Volví a la cabaña. El anciano... debería ponerle un nombre... es más... ¡debería preguntárselo! ¿Qué me dijo la primera vez? Ah, sí, que no debía tener prisa por conocerlo todo... que ya llegarían las respuestas o algo así. Cuando regresó de su excursión, presto se lo pregunté.
-Llevo dos días aquí, me has dado de comer y me has cuidado, no me has pedido nada a cambio, y todavía... no sé tu nombre.
-Puedes llamarme Maestro de la Arboleda.
Hasta mi total recuperacion mi Maestro de la Arboleda me enseñó cómo curar el cuerpo y la mente mediante plantas. Todo en el mundo tiene un contrario que puede anularlo, al igual que cada enfermedad tiene una cura. Y tanto el Mal más oscuro como el Bien más radiante, siempre están en constante disputa, sin alcanzar ninguno de los dos ventaja sobre el otro. Nosotros éramos parte de esa balanza, midiéndola e igualándola. La Naturaleza formaba parte de esa balanza. Nosotros también éramos los guardianes de la Madre Naturaleza, y a la vez ella era nuestra protectora. Nos alimentábamos de ella, al igual que ella se alimentaría de nosotros en nuestra muerte. Sanábamos gente por una razón: Para evitar la agonía. Por muy gran sanador que seas (dijo un soleado día) no puedes curar a alguien el cual su destino es morir, al igual que tampoco puedes salvar a quien no quiere ser salvado.
Así mi espíritu comenzó a alinearse con Gaia.
Me convertiría en Druida.
Al abrir la puerta el sol me cegó.
Volvía a sentir el viento en mi cara. Oía los pajaros cantar y el arrollo darme la bienvenida. La hierba se postraba a mi paso. Las flores me hacían reverencias y los arbustos me abrían el paso. Los arboles sonreían y el sol me acariciaba la cara. Estaba en el lugar más tranquilo del mundo.
Pero sin Pilu.
¡Ouch! Su recuerdo fue como una hiriente puñalada. ¿Dónde estaría? ¿Y el resto? A ver... todos fuimos absorvidos. Aunque cada uno en una dirección no deberían estar muy lejos unos de otros. Pero había pasado bastante tiempo, seguro que habían seguido sus propios caminos. Debía ir a buscarles, pero todavía no estaba en condiciones.
Volví a la cabaña. El anciano... debería ponerle un nombre... es más... ¡debería preguntárselo! ¿Qué me dijo la primera vez? Ah, sí, que no debía tener prisa por conocerlo todo... que ya llegarían las respuestas o algo así. Cuando regresó de su excursión, presto se lo pregunté.
-Llevo dos días aquí, me has dado de comer y me has cuidado, no me has pedido nada a cambio, y todavía... no sé tu nombre.
-Puedes llamarme Maestro de la Arboleda.
Hasta mi total recuperacion mi Maestro de la Arboleda me enseñó cómo curar el cuerpo y la mente mediante plantas. Todo en el mundo tiene un contrario que puede anularlo, al igual que cada enfermedad tiene una cura. Y tanto el Mal más oscuro como el Bien más radiante, siempre están en constante disputa, sin alcanzar ninguno de los dos ventaja sobre el otro. Nosotros éramos parte de esa balanza, midiéndola e igualándola. La Naturaleza formaba parte de esa balanza. Nosotros también éramos los guardianes de la Madre Naturaleza, y a la vez ella era nuestra protectora. Nos alimentábamos de ella, al igual que ella se alimentaría de nosotros en nuestra muerte. Sanábamos gente por una razón: Para evitar la agonía. Por muy gran sanador que seas (dijo un soleado día) no puedes curar a alguien el cual su destino es morir, al igual que tampoco puedes salvar a quien no quiere ser salvado.
Así mi espíritu comenzó a alinearse con Gaia.
Me convertiría en Druida.