15/6/09

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Me aparté bruscamente al recibir la noticia, dejándola con los brazos abiertos, en medio de lo que había pretendido ser un abrazo. Aquel movimiento había abierto un muro helado entre los dos, mis ojos tildaron rabia y odio durante unos segundos.
-Ah... -ella se detuvo en seco, con el desencanto pintado en el rostro- lo... lo siento, me habré equivocado. Te pareces tanto a...
-¿A quién, Lorena? -Mi voz se tildó con un odio que debió helarle la sangre y encoger su alma. Si hubiese tenido a aquel hijo de puta delante, seguramente le habría abierto en canal con mis propias manos.
Su barbilla comenzó a temblar y se le quebró la voz al comenzar a hablar.
-Entonces sí que eres... Carlos... -respiró hondo, seguramente para tratar de tranquilizarse y no hacer el ridículo llorando, como siempre- ¿qué te pasa?
-La pregunta no es qué me pasa a mí –dije, haciendo un gesto con la cabeza en dirección a su vientre- sino qué te ha pasado a ti.
-¿A mí? ¿Qué me ha...? -De pronto, la chica abrió los ojos, como si se le hubiera encendido una bombillita en la cabeza- ¿Te refieres al... embarazo? -Súbitamente, lo que había sido una expresión de profunda extrañeza y tristeza en su cara, se tornó de alegría y casi profirió una carcajada- ¡Era mentira!

Pese a aquella declaración, no bajé la guardia todavía, no me fiaba, algo dentro de mí me decía que no lo hiciera. Mi expresión seguía siendo seria, mirándola en un examen exhaustivo
-De verdad, no estoy embarazada. Por dios, en todo este tiempo seguro que se me ha regenerado el himen. -Se aproximó con cautela, sonriendo para tranquilizarme- Lo he dicho para que no me hicieras daño. Por favor, créeme.
Estaba muy cambiada, se había dejado crecer el pelo y tenía la piel muy cuidada, casi tan brillante como la de los elfos, y casi tan perfecta. Definitivamente, era la coqueta de siempre. Bajé los brazos, relajándome, y alargué la mano para acariciar su mejilla.
Estaba extremadamente suave. Ella sonrió, cerrando los ojos y disfrutando de la caricia.
Al cabo de unos instantes los abrió y me miró profundamente. Le había manchado la mejilla de barro, pero ella lo pasó por alto para decirme:
-No sabes cuánto te he echado de menos.
-Y yo a ti también, no sabes cuánto -me acerqué y la besé dulcemente, sujetando su rostro con ambas manos, por miedo a que se fuera, a que fuera sólo un espejismo
Ella se apartó débilmente. Noté algo caliente mojar mis dedos, estaba llorando.
-¿Tú...? -parecía que le costase pronunciar la frase que venía a continuación.
-¿Yo, qué? –Pregunté, secándole las lágrimas con los dedos.
-¿Tú no estás... con nadie?
-Claro que no –respondí, resoplando. Por un momento me había temido lo peor- ¿con quién iba a estar? –Pregunté, como si fuera la estupidez más grande del mundo.
-¡No lo sé! Ha pasado tanto tiempo que... –la chica de pronto se estremeció. Con el reencuentro, ambos habíamos olvidado que ella se encontraba tapada tan sólo con una toalla y descalza sobre el suelo de piedra. De acuerdo, yo no lo había olvidado.
La abracé, presionando su cabeza contra mi pecho y cubriéndola con mis brazos
para darle calor.
-Venga, que te vas a resfriar
-No tengo ropa aquí, toda se ha quedado en... -Lorena se apartó de mi abrazo rápidamente, como si le hubiera dado un calambre, y salió al exterior, sorteando a Valle por el camino.
Desde la puerta, la vi correr hacia el centro de la plaza y detenerse en seco al ver a varios orcos campar a sus anchas por el lugar.
Pronto la alcancé, pues mis zancadas abarcaban el doble de las suyas.
-¿Qué ha pasado aquí? –Me preguntó ella, asiéndome del blusón, temblando, y enterrando la cara entre la tela- ¿Qué hacen aquí los orcos?
-Ha habido una batalla entre los orcos, están acampando, pues han ganado –respondí, temiendo la pregunta que seguía a continuación.
-¿Y por qué no te han atacado? ¿Por qué no nos matan?
-Porque no se atreverían a atacar a su general… -confesé, sonriendo tristemente.