-Ah... -ella se detuvo en seco, con el desencanto pintado en el rostro- lo... lo siento, me habré equivocado. Te pareces tanto a...
-¿A quién, Lorena? -Mi voz se tildó con un odio que debió helarle la sangre y encoger su alma. Si hubiese tenido a aquel hijo de puta delante, seguramente le habría abierto en canal con mis propias manos.
Su barbilla comenzó a temblar y se le quebró la voz al comenzar a hablar.
-Entonces sí que eres... Carlos... -respiró hondo, seguramente para tratar de tranquilizarse y no hacer el ridículo llorando, como siempre- ¿qué te pasa?
-La pregunta no es qué me pasa a mí –dije, haciendo un gesto con la cabeza en dirección a su vientre- sino qué te ha pasado a ti.
-¿A mí? ¿Qué me ha...? -De pronto, la chica abrió los ojos, como si se le hubiera encendido una bombillita en la cabeza- ¿Te refieres al... embarazo? -Súbitamente, lo que había sido una expresión de profunda extrañeza y tristeza en su cara, se tornó de alegría y casi profirió una carcajada- ¡Era mentira!
Pese a aquella declaración, no bajé la guardia todavía, no me fiaba, algo dentro de mí me decía que no lo hiciera. Mi expresión seguía siendo seria, mirándola en un examen exhaustivo
-De verdad, no estoy embarazada. Por dios, en todo este tiempo seguro que se me ha regenerado el himen. -Se aproximó con cautela, sonriendo para tranquilizarme- Lo he dicho para que no me hicieras daño. Por favor, créeme.
Estaba muy cambiada, se había dejado crecer el pelo y tenía la piel muy cuidada, casi tan brillante como la de los elfos, y casi tan perfecta. Definitivamente, era la coqueta de siempre. Bajé los brazos, relajándome, y alargué la mano para acariciar su mejilla.
Estaba extremadamente suave. Ella sonrió, cerrando los ojos y disfrutando de la caricia.
Al cabo de unos instantes los abrió y me miró profundamente. Le había manchado la mejilla de barro, pero ella lo pasó por alto para decirme:
-No sabes cuánto te he echado de menos.
-Y yo a ti también, no sabes cuánto -me acerqué y la besé dulcemente, sujetando su rostro con ambas manos, por miedo a que se fuera, a que fuera sólo un espejismo
Ella se apartó débilmente. Noté algo caliente mojar mis dedos, estaba llorando.
-¿Tú...? -parecía que le costase pronunciar la frase que venía a continuación.
-¿Yo, qué? –Pregunté, secándole las lágrimas con los dedos.
-¿Tú no estás... con nadie?
-Claro que no –respondí, resoplando. Por un momento me había temido lo peor- ¿con quién iba a estar? –Pregunté, como si fuera la estupidez más grande del mundo.
-¡No lo sé! Ha pasado tanto tiempo que... –la chica de pronto se estremeció. Con el reencuentro, ambos habíamos olvidado que ella se encontraba tapada tan sólo con una toalla y descalza sobre el suelo de piedra. De acuerdo, yo no lo había olvidado.
La abracé, presionando su cabeza contra mi pecho y cubriéndola con mis brazos
para darle calor.
-Venga, que te vas a resfriar
-No tengo ropa aquí, toda se ha quedado en... -Lorena se apartó de mi abrazo rápidamente, como si le hubiera dado un calambre, y salió al exterior, sorteando a Valle por el camino.
Desde la puerta, la vi correr hacia el centro de la plaza y detenerse en seco al ver a varios orcos campar a sus anchas por el lugar.
Pronto la alcancé, pues mis zancadas abarcaban el doble de las suyas.
-¿Qué ha pasado aquí? –Me preguntó ella, asiéndome del blusón, temblando, y enterrando la cara entre la tela- ¿Qué hacen aquí los orcos?
-Ha habido una batalla entre los orcos, están acampando, pues han ganado –respondí, temiendo la pregunta que seguía a continuación.
-¿Y por qué no te han atacado? ¿Por qué no nos matan?
-Porque no se atreverían a atacar a su general… -confesé, sonriendo tristemente.