Sin embargo, las cosas se complicaron un poco, ya que tuvo que reunirse de inmediato con sus tenientes o lo que fueran para trazar un plan, pues por lo visto el Señor Oscuro les había dado órdenes de atacar otro pueblo en cuanto volvieran a casa y tenían que ir planificando, aunque fuera sobre la marcha.
Por lo tanto, me quedé sin baño romántico. Pero no me iba a quedar sin baño.
Aunque el General me había prohibido abiertamente que me internara en el bosque sola, yo sabía qué tipo de animales vivían allí (no por nada me había pasado tres años estudiando la flora y la fauna de casi todo Arda, sobre todo de Ireth) y, en aquel minúsculo bosque no podía vivir nada más grande a un cervatillo. Como mucho, el mayor mal que habría serían hadas nocturnas que vinieran a tirarme del pelo.
En resumen, cuando Carlos se marchó a hablar con sus subordinados aproveché un despiste del drow que vigilaba la tienda para internarme en el bosquecillo en busca del lago, el cual encontré rápidamente. Era precioso, así que rauda y veloz comencé a quitarme la ropa, la puse en remojo y la froté para ver si se le iba el olor (una vez, una mujercita de musgo me dijo que con musgo rojo se hace una espuma que lava la ropa, así que probé. Parecía jabón, y en seguida la tela se impregnó de olor a bosque, lo cual me encantó). Después de aquello, la colgué en una rama baja que vi en un arbolito y comencé a meterme en el lago. Normalmente las piscinas a aquella hora de la noche estaban calentitas por haber recibido el sol durante todo el día, pero claro, las aguas de un lago estaban en constante movimiento por el viento y todo eso, así que estaban tirando a frías.
Aun así, agradecí muchísimo el contacto con el agua y el frescor después de cinco días cabalgando a pleno sol. Me inquietaba la posible presencia de culebras de agua, y no recordaba si eran venenosas o no. De hecho, de cuando en cuando me estremecía cuando mi pie rozaba algo en el oscuro fondo del lago. Aquello me recordaba las divertidas mañanas en la playa, cuando alguien gritaba “¡Una medusa!” y cundía el pánico general cuando sólo se trataba de una bolsa de plástico. Aww añoraba la Malvarrosa y los negros vendiendo cocos.
De pronto noté un tirón en el cuero cabelludo y cuando me giré vi una especie de mujercita negra que se aferraba a uno de mis cabellos. La cogí delicadamente entre mis manos y le soplé en la carita para adormecerla. Avancé entre las aguas hasta una rama que colgaba, perezosa, sobre estas y la dejé allí para que durmiera hasta que se despertara y buscara su nido.
Después hice un par de largos y me froté el cabello con musgo rojo para lavarlo, al igual que todo el cuerpo. Me dejé llevar por la corriente haciéndome el muerto y, cuando tenía las yemas de los dedos arrugadas como garbanzos y los labios azules por el frío de la noche, decidí salir y envolverme en una toalla que había traído. Tirité un rato hasta que mi piel terminó de secarse y fui a comprobar si mi ropa se había secado o tendría que esperar un rato más.