Dammbrad, mi segundo al mando fue quien me advirtió del hecho que convertiría una rutinaria escaramuza con tal de mermar y retrasar a la fuerza invasora antes de que el verdadero ejercito llegara para aplastar a las desanimadas tropas. En algo verdaderamente interesante. No obstante, cuando me dijo que el general del ejercito era humano, no pude entrever el verdadero significado de aquellas palabras hasta empezar a acechar yo mismo a la tropa desde el linde del bosque.
Un buen día, hay estaba, sin duda no muy acostumbrado a tratar con mi gente... bueno... ahora los montaraces eran mi gente. Le acompañaba un enorme huargo, pero tras un año sobreviviendo en la estepa, no era ningún estúpido que se pusiera contra el viento para dejar un rastro a bestias como aquella.
En cualquier caso y aunque fuera humano, con la caída del líder, la horda orca pelearía durante meses antes de que otro orco se elevara como líder. O que un elfo oscuro pudiera someter a los diversos aspirantes a liderar la tropa. Lentamente y sin un solo, aunque fuera mínimo ruido, deslice una de las fechas por mis dedos, en aquel momento de descanso no llevaba la armadura, seria fácil atravesar su corazón... sin embargo, mientras tensaba el arco y apuntaba a aquel comandante, primero un atisbo de sorpresa y después una media sonrisa dibujaron mi rostro.
Estaba cambiado, quizás tenia un talante mas curtido y serio, ya no habrían comentarios denigrantes enmascarados con el tono de una gracia, solo comentarios denigrantes. Lo que mas le sorprendía era la manera en la que caminaba, en cuanto pasaba algún subalterno cerca, elevaba el rostro, prepotencia, se había alimentado durante el tiempo que llevaba allí, mas... bueno, si aquello era posible. En cualquier caso si antes hacia aunque fuera el mínimo esfuerzo para no mostrar superioridad por los demás, ahora no lo hacia.
Un elfo oscuro fue a su encuentro mientras mi mano destensaba poco a poco el arco y mi figura se internaba mas y mas en el bosque. Aquellas pequeñas cosas eran las que me daban la alegría de vivir, decidí que tenia mucho de que discurrir.
-¿Que quieres Dammbrad?
La pregunta no le cogió por desprovisto, como a mi no me había sorprendido su presencia.
-Creo que deberías venir a ver esto Argélion.