10/2/09

Neptune

Me condujeron durante casi una hora por entre los árboles. Las sandalias me rozaban los pies, ya cansados y machados de tierra, al igual que mi amada falda de caballitos, la cual tendría que lavar a mano más tarde.

Iba caminando de forma distraída, escoltada por los dos elfos (me había acostumbrado a llamarlos así mentalmente, qué se le iba a hacer) y observándoles con detenimiento. Cuando mis ojos se posaron en las puntiagudas orejas de uno de ellos, no pude reprimir el impulso de tocarla. Estaba caliente y tenía un tacto suave, parecía una oreja real… eso sí, sin cera. El elfo se giró para mirarme, con expresión extrañada, pero luego sonrió tranquilizadoramente. Que majete.

Al girar la cabeza para averiguar si mi otro escolta también tenía aquellas prótesis tan lindas, de pronto vi la fortaleza… castillo… ciudadela… ciudad… bueno, no sé lo que era, pero era lo más hermoso que había visto en mi vida.

De mis ojos abiertos de par en par comenzaron a caer lágrimas, brillantes, reflejando la luz blanca que emanaban los farolillos que colgaban de los árboles, en los cuales había escaleras de caracol para subir a hermosas casas blancas en la cima de los mismos.

No me había dado cuenta, pero ya era de noche.

Al entrar en la ciudad, o lo que fuera aquella maravilla de la naturaleza, un montón de gente hermosa y perfecta avanzó hacia mí. Sus caras, sus ropajes, la naturaleza que los rodeaba me dejó aturdida; me faltaban ojos para mirar por doquier, y deseé que Carlos estuviera conmigo para que pudiera verlo también. Mis lágrimas de admiración se tornaron lágrimas de añoranza. Todavía no sabía dónde me encontraba.