11/2/09
Tybalt
Me desperté bañado en sudor. Un rayo de sol me daba en la cara. Era aproximadamente medio día. Me sentía bastante mejor físicamente, el dolor casi había desaparecido, aunque mis piernas y mi brazo izquierdo siguieran entablillados y mi cabeza vendada. Me toqué con cuidado el lugar de la herida, estaba húmedo...
-Medigaco Lupulina, es su nombre científico. Tú la puedes conocer como alfalfa, es un fuerte antihemorrágico. Te cosí, pero seguías sangrando profusamente, así que tuve que aplicarte este ungüento.-El anciano estaba machacando planta en un pequeño cazo al que a veces echaba agua.- Ahora te voy a preparar un reconstituyente de Sisybrium irio. Todavía no podrás andar hasta dentro de un par de días, pero te sentirás un poco mejor.
Casi que prefería no saber lo que era. Aunque lo cierto era que me sentía mejor. El hombre ese tenía pinta de ser un curandero. Y por eso de traer hierbas extrañas y haberme partido la espalda contra un arbol me aventuraba a intuir que estábamos en un bosque. Y también era bastante probable que hubiera un riachuelo cerca. De lejos oía los pájaros canturrear alegres. Miré bien la sala. A parte de un montón de hierbas acumuladas aparentemente sin ton ni son a lo largo del suelo había un rincón con varios boles de barro de donde había comido junto a cazoletas y alguna olla también de barro. La chimenea era más bien un agujero en el suelo en el centro de la habitación, que tiraba el humo al techo negro que se escapaba entre las rendijas. Mi cama estaba muy cerca del suelo, tanto que en algún momento pensé que dormía directamente sobre él. Tras de mí había una pared de piedra, y algo más a la izquierda se abría para dejar paso a una especie de gruta bastante angosta que subía hacia arriba. Gran parte de la pared, como un enorme zócalo era de piedra y barro. Y un poco mas allá, ya comenzaba la inclinación de la cubierta a dos aguas, con una enorme viga central, que no era otra cosa que un árbol saliente de la montaña, del que colgaban varias plantas y un conejo. Todo era muy natural. Y las hierbas hacían que todo el entorno oliese a maravilla.
Me recordó que una vez ambicioné una vida tan sencilla. Me gustó el lugar. Sonreí. El reconstituyente estaba listo. Me lo tomé, estaba caliente y muy amargo. Pero pronto hizo sus efectos. En unos días me podría levantar. Me volví a dormir, más tranquilo.
-Medigaco Lupulina, es su nombre científico. Tú la puedes conocer como alfalfa, es un fuerte antihemorrágico. Te cosí, pero seguías sangrando profusamente, así que tuve que aplicarte este ungüento.-El anciano estaba machacando planta en un pequeño cazo al que a veces echaba agua.- Ahora te voy a preparar un reconstituyente de Sisybrium irio. Todavía no podrás andar hasta dentro de un par de días, pero te sentirás un poco mejor.
Casi que prefería no saber lo que era. Aunque lo cierto era que me sentía mejor. El hombre ese tenía pinta de ser un curandero. Y por eso de traer hierbas extrañas y haberme partido la espalda contra un arbol me aventuraba a intuir que estábamos en un bosque. Y también era bastante probable que hubiera un riachuelo cerca. De lejos oía los pájaros canturrear alegres. Miré bien la sala. A parte de un montón de hierbas acumuladas aparentemente sin ton ni son a lo largo del suelo había un rincón con varios boles de barro de donde había comido junto a cazoletas y alguna olla también de barro. La chimenea era más bien un agujero en el suelo en el centro de la habitación, que tiraba el humo al techo negro que se escapaba entre las rendijas. Mi cama estaba muy cerca del suelo, tanto que en algún momento pensé que dormía directamente sobre él. Tras de mí había una pared de piedra, y algo más a la izquierda se abría para dejar paso a una especie de gruta bastante angosta que subía hacia arriba. Gran parte de la pared, como un enorme zócalo era de piedra y barro. Y un poco mas allá, ya comenzaba la inclinación de la cubierta a dos aguas, con una enorme viga central, que no era otra cosa que un árbol saliente de la montaña, del que colgaban varias plantas y un conejo. Todo era muy natural. Y las hierbas hacían que todo el entorno oliese a maravilla.
Me recordó que una vez ambicioné una vida tan sencilla. Me gustó el lugar. Sonreí. El reconstituyente estaba listo. Me lo tomé, estaba caliente y muy amargo. Pero pronto hizo sus efectos. En unos días me podría levantar. Me volví a dormir, más tranquilo.