-¿Estás bien? -Mi voz recuperó la juventud por unos momentos, ya no eran las rudas ordenes orcas, sino la preocupación por la persona que quieres.
-Sí, sí -aunque sonrió, no se separó de mi abrazo en un buen rato- tengo frío...
-Eso te pasa por salir con poca ropa, zopenca -le acaricié la cabeza y pasé el brazo por su cintura- vayamos dentro.
Ambos anduvimos hacia el interior de la casa, donde Valle nos esperaba con la lengua fuera. Lorena alargó una mano hacia él para acariciarle la cabeza.
Valle gruñó levemente, sólo permitía que yo lo tocara. Una orden bastó para que se sentara y esperara pacientemente.
-¿Tienes hambre? –Pregunté, dirigiéndome a la cocina
-No... no mucha... -murmuró ella, observando la casa. Me preguntaba si había estado dentro alguna vez. Caminando por el pasillo, se agachó a recoger una muñeca del suelo y la apretó dentro de su mano. Su barbilla comenzó a temblar.
-Mmmm aquí no hay mucho para cocinar –comenté, sacando la cabeza por el marco de la puerta- ¿Lorena? -Pregunté al verla quieta en el pasillo.
Ella se secó los ojos con el reverso de la mano y se giró, esbozando una sonrisa.
-No pasa nada, no tengo hambre.
-¿Estás bien? -Pregunté, tenía los ojos rojos, como cuando lloraba. A mi memoria comenzaron a venir escenas, en su casa, viendo alguna película o después de alguna bronca, su cara no había cambiado después de tanto tiempo. Sin querer, sonreí.
-Sí, no te preocupes -se aproximó a mí lentamente y me abrazó, dándome un fuerte beso en los labios. Cuando se separó, observó una muñeca que llevaba en la mano- ¿qué ha pasado con los elfos?
-La mayoría están capturados con vida -hice una pequeña pausa- aquellos que lucharon con armas han caído -la sentencia cayó sin una pizca de sentimiento, como si anunciase el precio de las patatas de hoy.
Ella reflexionó un rato, con la vista fija en la muñeca.
-¿Había un anciano con ellos? Un anciano con el pelo blanco y largo. Tiene los ojos azules y... es como... él impone ¿sabes? Es mago ¿estaba?
-No lo se, no he visitado a los presos -respondí- pero si es mago dudo mucho que este vivo.
Ella cerró los ojos, como si una pesada losa le hubiera caído sobre el pecho. La barbilla le tembló con más violencia. Al comenzar a hablar, su voz sonó ahogada.
-¿Y un hombre joven? Tendría unos 150 años, también rubio, con el pelo por los hombros con una trenza de estilo jedi, se la hice yo ayer. Es espadachín ¿le viste al luchar?
-Vi muchos, aunque uno así no me suena, si no rindió las armas, también estará muerto -respondí.
Al escuchar aquello, Lorena comenzó a llorar sin poder remediarlo, cubriéndose la cara con las manos.
Cuando empezó a llorar note una pequeña punzada en el pecho ¿eran remordimientos por lo que había hecho? No, no sentía pena por haber matado a aquella gente, era el hecho de que le causara daño lo que me hería. Alargué los brazos para consolarla.
Ella se dejó abrazar, sin dejar de llorar, cada vez más alto y más desconsoladoramente.
-Elistan... Elistan... -murmuraba entre sollozo y sollozo- tenía... tenía que haberle... ayudado... y a Huor...
-No habrías podido hacer nada por ellos; sólo hubieras conseguido verles morir.
Ella se separó, dándome un golpe en el pecho con los puños.
-¡Cómo puedes decir eso! ¡Cómo puedes estar tan tranquilo!
-¿Me preguntas cómo puedo estar tan tranquilo? –Pregunté, observando la expresión con la que me miraba- Porque estás aquí.
-¡Pero eran mis amigos! ¡Mi única familia durante estos tres años! -Sollozó algo más fuerte, con la voz quebrada- Te he echado de menos hasta morir, pero...
-¿Pero qué? -Pregunté directamente- Sabías cómo era, no me importa ninguno de esos y nunca me ha importado, solo me importas tú.
-¡Pero una cosa es que no te importen y otra que los mates! -Le pegó un golpe a la pared con el puño, pero no pude discernir si se hizo daño, pues su expresión durante toda la conversación había sido de sufrimiento.
-La vida de mis hombres está por delante, ellos decidieron levantar las armas. Aquellos que se rindieron les perdonamos la vida.
-¿Y ya? ¿Los que se rindieron, viven y los que no, la palman? ¡Desde cuándo te has convertido en eso! –La chica casi escupió la última palabra.
-Desde que llegue aquí -dije mientras apretaba los puños, los huesos crujieron ante la presión.
Ella me miró los puños detenidamente.
-¿Como no esperabas este recibimiento vas a matarme también?
-No sería capaz -dije mirándola fijamente a los ojos, dentro la rabia gruñía y desgarraba mi ser -pensé que todo seria como antes... qué más da.
-¿Qué más da? ¿Y ya está? No te entiendo, vienes aquí, arrasas con todo y como me enfado, ¿te rindes? No entiendo nada -Lorena se llevó las manos a la cabeza, enredando los dedos entre su cabello. Tenía aspecto sedoso.
-¿¡Crees que sólo está eso!? -Dije enfadado, encolerizado- ¿Crees que simplemente me he encontrado un ejército en las montañas, y he ido destruyendo ciudad tras ciudad para buscarte y que ahora como te enfadas simplemente lo dejo? -La rabia brotaba de cada palabra, el sufrimiento de aquellos tres años, que golpe tras golpe había almacenado dentro.
-¡No! ¡No lo sé! -Ella retrocedió, asustada ante mis gritos, pero no dejó de gritar tampoco- ¡No tengo ni idea de lo que has hecho, no quiero saberlo! No sé por qué matas a gente inocente, ni sé con cuanta sangre te has ensuciado las manos. No sé dónde está el Carlos que yo conocía...
-Pues si no lo sabes tú, mi búsqueda no ha tenido ningún sentido –dije, calmado y dolorido, y le di la espalda, andando hacia la puerta
-Por favor -me suplicó, sollozando- por favor, demuéstrame que sigues ahí dentro. No me dejes sola otra vez...
-Yo nunca te he dejado sola, eres tú quien me ha abandonado a mí -solté las palabras fríamente, resentido por aquel odio y aquella furia que desataba contra mí.
-¿Yo? ¿Por qué dices eso? ¡No es verdad! –Lorena se tapó la boca con la mano, pues un gemido amenazaba con salir desde lo más profundo de su alma- Yo he soñado contigo casi cada noche. Pesadillas horribles. Yo no he dejado de pensar en ti...
-Tú has sido lo único que me ha mantenido cuerdo estos tres años, solamente aguantaba porque algún día te iba a encontrar, de un momento a otro -me sentí vacío, por primera vez, desolado, como si nada importase ya, como si el sentido del universo hubiera cambiado dejándome desnudo. Desnudo y vacío.
-No te vayas, por favor, no lo soportaría. Otra vez no. Quédate, me da igual lo que hayas hecho, me da igual todo, no te vayas de mi lado.
-No te da igual, estarás resentida, y me odiarás para siempre –dije, cansado, muy cansado- coge tus cosas, mis hombres no te dirán nada y te dejarán salir. Vamos, Valle -el huargo salió a calle y yo tras él, no podía aguantar más. Me dirigí a la tienda que me había montado en medio del poblado.
-¡No, por favor! -Escuché el grito a mi espalda, mientras avanzaba hacia la tienda, no demasiado alejada de la casa donde había tenido a Lorena entre mis brazos y la había abandonado en menos de media hora.
Me detuve en seco, cansado aun sin el peso de la armadura encima, el mundo resultaba demasiado pesado.
Escuché pasos a mi espalda. Lorena continuaba llevando la toalla y la muñeca en la mano.
-No te vayas -me cogió del blusón casi con desesperación- por favor. Yo... yo siento mucho haberte gritado, lo siento de verdad. Perdóname, por favor. Te quiero mucho...
-Yo también te quiero... te quiero demasiado –dije, quieto en medio del campo de batalla, los orcos miraban la situación sin decir nada por respeto a su señor.
Me cogió de la mano. Mi mano continuaba sucia de la batalla, y la suya se encontraba de un inmaculado que casi hacía daño a la vista.
-¿Me perdonas?
-No puedo hacer otra cosa –respondí, tratando de sonreír.
Ella me abrazó con fuerza, sollozando levemente.
-Llévame fuera de aquí -susurró, sin separar su abrazo- llévame lejos, no quiero ver esto.
Avancé lentamente hasta el interior de la tienda. El olor a fuego y muerto se cambió por el de comida asada que reposaba encima de una mesa montada. La solté al llegar a la tienda e impartí la orden de que nadie se acercarse; después me senté en una de las sillas.
Lorena se quedó de pie, observándolo todo con curiosidad, todavía con los ojos enrojecidos por el llanto. Después de revisar la tienda entera y su contenido, dirigió su mirada hacia mí y mi cuerpo. Se aproximó y me dio un beso en el cuello, debajo de la oreja, mientras se sentaba sobre mis piernas a horcajadas.
Aunque mi advertencia a los orcos de que no se acercaran había sido tajante, no pudieron evitar acercarse, atraídos por los gritos que salían de la tienda.