Como nadie esperaba mi presencia, no habían dispuesto una casa sobre ruedas para que pudiera ir cómodamente. O así me lo dijo el hechicero la noche en que fui a su tienda.
La recuerdo repleta de olores agrios y pegajosos, y con un ambiente sofocante aún por la noche, que en aquella región solía ser fresca.
Me preparó una especie de caldito con olor dulzón. No estaba malo ni bueno.
-Si estáis ya embarazada tendréis un aborto natural. -Me informó, mientras me observaba mientras bebía- Si no lo estáis, esto inutilizará la semilla que mi General ha introducido en vuestro vientre.
Quise vomitar. Sus gestos eran extremadamente complacientes, así como sus palabras, que eran más dulzonas que la miel, y casi tan emparagosas. Al marcharme, se inclinó de forma tan exagerada, que noté una especie de burla en su despedida.
Un gruñido del Huargo blanco de Carlos me sacó de mis meditaciones. Me encontraba apoyada en un árbol en los lindes de lo que había sido el campamento. No quería molestar a los hombres mientras trabajaban. Bueno, en realidad no quería que me vieran por allí, todos aquellos orcos todavía me amedrentaban.
Acaricié la cabeza de Valle lentamente. Al lobazo le había costado aceptar y acostumbrarse a mi presencia, y a que su amo me prestara más atención a mí que a él.
Al cabo de unos minutos, Valle comenzó a mover la cola y ladró alegremente, corriendo en pos de su amo. De una orden, Carlos hizo que se detuviera y se sentara, pues llevaba las riendas de un hermoso caballo y este parecía nervioso con la presencia del lobo.
-Toma, tendremos que ir a caballo ¿sabes montar? -Me preguntó, tendiéndome las riendas. El caballo relinchó un poco y le dio un golpe al suelo con la pezuña.
-Sí, me enseñó Huor -respondí, tocándole el morro. Era precioso, me encantaban el tacto que tenían las narices de los caballos. Le espanté un par de moscas de la cara y le acaricié el cuello- Es precioso.
-Normalito -puntualizó Carlos, acariciando a su lobo. Esa sería su montura. Era realmente impresionante, casi me sobrepasaba en altura- es un poco viejo, pero aguantará. Sobre todo con tu peso. Está acostumbrado a llevar fornidas mujeres drows.
Me apoyé en los estribos torpemente y subí dándome impulso. Los elfos montaban a pelo y así me habían enseñado, así que la silla de montar se me antojó cómodamente dura y estable. Así con decisión las riendas del caballo y le acaricié con una mano las crines. Dios, me encantaba aquel animal.
Para el viaje, Carlos había dispuesto unos pantalones, botas de montar y una camisola que encontró por el pueblo arrasado para mí. Cuando me miré al espejo, me encontré cierto parecido con Charlotte o algo similar, con la ropa tan despareja y grande.
En seguida sonaron las trompetas que anunciaban que salíamos de inmediato. Carlos me hizo atravesar todo el cortejo al trote hasta llegar a primera línea, donde me situó a su izquierda. Vaya, soy un cero a la izquierda, qué bien.
A su derecha iba uno de sus comandantes orcos y al lado de este, el Hechicero, que me dedicó un saludo con la cabeza.
A mi lado había un drow a caballo con un estandarte que mostraba el bordado de la dragona de cinco cabezas.
En seguida nos pusimos en marcha.
Nosotros nos encontrábamos en Qualinost, situada al sur de la provincia de Silmarwen, y, según me había dicho Carlos, nos dirigíamos a Tári, una de las provincias vecinas, al norte de Ireth. Su castillo estaba situado justo debajo de la Montaña Alta, en la región de Lenjütar. Se contaban historias terribles sobre los drows en aquella región.
Tardaríamos una semana en llegar, aproximadamente.
-¿¡Una semana!? -Exclamé, cuando hicimos un alto para comer- ¡Llevamos cuatro horas y ya no puedo sentarme!
-¿No decías que sabías cabalgar? -Preguntó Carlos, llevándose un trozo de carne a la boca.
-Sé cabalgar, pero nunca lo había hecho durante tanto tiempo seguido -gimoteé. Seguro que al final del día tenía el trasero lleno de ampollas.
Al poco rato, y para mi desconsuelo, retomamos la marcha. Me encantaba mi montura, y me encantaba montar a caballo, pero no soportaba aquel viaje.
Al anochecer montaron un par de tiendas provisionales sólo para los altos cargos, pues el resto del ejército tendría que dormir al raso.
Durante la cena, me escapé pronto para probar a montar al estilo "amazona" con las dos piernas colgando del mismo lado del caballo, pero era imposible para mí, mi culo adolorido se resbalaba en lo que mi caballo se ponía en marcha.
Regresé a la tienda, andando como un cowboy, y Carlos tuvo que aplicarme varios ungüentos en las irritaciones producidas por la silla de montar y la tela de los pantalones.
Nada más caer en la cama me quedé dormida. Me dolía todo el cuerpo, la espalda, el culo, las piernas, los brazos y sobre todo los riñones. Dios, odiaba aquello.
-Quiero volver a casa -murmuré inconscientemente mientras Morfeo extendía sus alas sobre mi dolorido cuerpo.
OUT// Sorry por el retraso. Los mapas pronto, lo prometo ><
Por cierto, cuando cuelgue el mapa, si se os ocurren historias sobre pueblos o regiones, haced un documento en el word y me las pasáis por msn//