4/8/09

Isi

Al rato de estar buscando en el libro, con el kobold revoloteando molestamente por allí, encontré una solución estupenda, un líquido que podía derretir sin problemas aquel grueso muro, y una vez estuviese dentro… en el mapa ponía que el laboratorio estaba cerca, esperaba sinceramente poder llegar allí sin toparme con la esfinge.

Comencé a moler los ingredientes y mientras los machacaba en un improvisado mortero el aire de las ruinas se impregno de un aroma ácido. Cuando estuvo preparado me dispuse a lanzar el conjuro, intentando callar en mi mente la voz del kobold para concentrarme. Al fin lo conseguí, y al terminar de recitar las palabras caí en la cuenta de lo que estaba haciendo: ¡La esfinge detectaría el conjuro! . Demasiado tarde, el mismo torrente de la última vez desmontó el conjuro con una facilidad increíble. Aquello tenía su parte buena, noté lo cerca que estaba, así que iba en la dirección correcta, ¡Pero ahora la esfinge sabía donde me encontraba!.
-¡Serás idiota! ¡Puto despistado!- Empecé a reprenderme en voz alta a la par que recogía los trastos de alquimia del suelo apresuradamente. Tirko me miraba atónito, convencido de que me había vuelto loco.
-¿Que decir? Tú no perder tiempo. ¿¡Donde ir tú!?- Exclamo al darse cuenta de que comencé a andar hacia fuera de las ruinas- Tú decir que luchar contra esfinge, ¡tener que derribar pared!- Exclamó acercándose al muro para dar mayor enfasis a su frase golpeando la pared.

En ese preciso instante un fuerte golpe hizo temblar el muro, del que salió una nube de polvo, acumulado durante mucho tiempo. La habitación entera se estremeció, igual que Tirko, que se quedo paralizando mirando el muro. El siguiente golpe hizo saltar por los aires las rocas de la pared, junto con el pobre kobold que cayó unos metros delante para ser sepultado por dos grandes piedras cuadradas. Aunque me encontraba a una buena distancia el suelo tembló bajo mis pies, y algunos guijarros que habían salido despedidos me golpearon, pero eso no me asusto tanto como ver aparecer a dos enormes gólems de piedra tras el enorme agujero del muro. Los dos colosos avanzaron entre los escombros hacia mi, derribando a su paso un pilar, dispuestos a ofrecerme el mismo trato que al muro.

Por un momento el miedo me paralizó al ver acercarse las enormes moles con el suelo temblando a cada pisotón. Cuando conseguí reponerme caí en la cuenta de que si no reaccionaba al instante moriría, vinieron a la mente las palabras de el conjuro adecuado, aquello reduciría a grava los constructor con un simple roce. Pero la estancia se había llenado de un polvo asfixiante, y al empezar a recitar las palabras me entró un ataque de tos, me aparté justo a tiempo de evitar el golpe del primer golem, que descargó el pesado puño sobre el suelo, con un estruendo. Su compañero se acercaba, volví a recitar las palabras, consiguiendo esta vez la inflexión perfecta y toque al constructo que permanecía a mi lado con el puño clavado en el suelo…. No surtió efecto.

“La esfinge debe haberlos protegido contra la magia, sencillamente perfecto” pensé a tiempo de girarme y ver como el puño del otro gólem avanzaba hacía mi. No pude esquivarlo. Me golpeó brutalmente en el estomago, lanzándome un metro hacia atrás. Quedé tendido en el suelo, encogido por el dolor, apenas consciente de cualquier parte del cuerpo que no fuera el terrible dolor del abdomen. Sin saber ni como rodé hacía un lado al ver como otro golpe amenazaba con aplastarme. Nada mas terminar de girar otro puño bajaba dispuesto a acabar conmigo, volví a esquivarlo. Eran bastante lentos, pero yo no era rápido en exceso, y sin mi magia no era nadie, no tenía ninguna posibilidad de luchar contra dos enormes moles de piedra, si no se me ocurría algo rápido iban a convertirme en una tortilla. Entonces me vino a la mente, eran lentos, yo necesitaba ser mas rápido, tenía el objeto ideal. Mientras continuaba rodando para esquivar el próximo golpe, rezando por que no fueran demasiado listos y acabaran acertando, rebusqué en un bolsillo de la túnica. Encontré el anillo, y introduje el dedo en el. Al instante siguiente el puño del gólem aplastó el lugar donde me encontraba, para comprobar frustrado que únicamente había aplastado mis ropas. El conjuro había hecho efecto, y de entre los ropajes salí convertido en una pequeña comadreja, me sentía increíblemente grácil. Di gracias interiormente por haber recibido el anillo en su momento, no creía que hubiese sido capaz de realizar el conjuro en esa situación.

Convertido en el diminuto ser, escalé sin dificultades por el enorme brazo, encaramándome después a su cabeza. Los constructos de este tipo, aunque de increíble fortaleza física, no poseen apenas lógica, se limitan a cumplir una misión que se les ha encomendado, en este caso, matarme. Así que haciendo honor a esto, el compañero del gólem al que me hallaba encaramado, le propinó un terrible puñetazo en la cabeza, que se desmenuzó bajo mis diminutas patas al recibir el impacto, y el coloso cayó al suelo haciendo temblar las paredes del lugar. Antes de que cayera del todo al suelo descendí de un salto, y comencé a correr hacía la salida, seguido por la mole que todavía quedaba en pie, que avanzaba a zancadas intentando chafarme, y varias veces estuvo a punto de conseguirlo. Al llegar a la salida frené en seco para evitar caerme, pues el camino terminaba abruptamente en una ladera rocosa muy empinada. Pero el gólem, que me seguía furioso, y no pudo frenar la carrera por la inercia que llevaba, se despeñó por el desnivel, arrasando todo a su paso mientras se desmontaba en enormes cascotes.

Regresé a donde se encontraban mis cosas, mientras pensaba en un maestro que solía insistir en que los conjuros más poderosos, no siempre son los que explotan o lanzan rayos. Estaba excitado, acababa de vencer a dos enormes gólems que habían solucionado el problema con el muro y pronto encontraría a Tybalt, y si me daba la suficiente prisa en desaparecer de aquella zona la esfinge habría perdido mi rastro. Que ganas tenía de ver a Tyb, además estaba convencido de que sabría donde encontrar a More y a Nep.